9/18/2009

La Leyenda de Guambona

Una fascinante leyenda de Guambona, relata la dura realidad de los auténticos Chitoques: indios curtidos al sol y al trabajo, resignados a la suerte que les deparó el conquistador, quien ahora les había doblado la carga tributaria de diezmos y primicias el cura párroco. De no cumplirla, no habría bautizo para los guagas, ni matrimonio, ni confirmación, ni comunión, ni extrema unción, es decir, se les negaba el perdón de Dios.
Los siervos del altiplano de Alamor eran evasivos a la sobrecarga tributaria, pero el cura se la impuso a punta de látigo y sermones apocalípticos. Un funesto viernes Santo los indios, estimulados por la chicha fermentada, agredieron salvajemente al cura, cuya cabeza rodó de un fuerte machetazo que descargó con furia inaudita Manuel Cuchicara, pues su hija ya tenía dos hijos de "taitacurita", que aumentaban sus cargas y disminuían su plato.
Los demás indios de otro machetazo, sacaron el cráneo en el que continuaron bebiendo su chicha fermentada. Después del crímen, se presentaron truenos, relámpagos y un aguacero contumaz que retumbaba el tambor de la Pampa.
El sacristán, don Cristo Chamba, encontró el cadáver del cura bañado en un charco de sangre y la cabeza estática con los ojos fijos en el techo. Inmediatamente fue a poner este hecho en conocimiento del Obispo de Loja y se disparó en su caballo, a galope tendido cuesta de Chitoque arriba, con el mensaje en la boca: “Lo mataron a taita curita esos indios facinerosos…”
Desde un costado del cerro por donde viajaba, el Sacristán descubrió que lo seguía un siniestro jinete en un caballo blanco y que de inmediato lo alcanzó y le dijo: “Yo también voy a dar cuenta del crimen al Obispo de Loja, mi caballo Mefistófeles es más veloz y más te vale regresar a Chitoque a consolar a la feligresía y sepultar a tu jefe, quien no solo ha maltratado y explotado a su pueblo sino que ha comprado tramos de la inmoral deuda externa ecuatoriana, como quien se reparte el queso con los demás ladrones de levita”. Y alzando el brazo para empinar las riendas del briso potro en descomunal galope dejó ver los bofes y más asaduras quedando boquiabierto el Sacristán, que sumergido de espanto, retornó a Chitoque.
Desde las alturas del Guachaurco se abría un gran paisaje que mostraba un horizonte pintado de colores embriagantes. Cristo Chamba esperaba que las campanas de Chitoque tocaran el Angelus, para encomendarse, con rosario en mano, a la interminable lista de vírgenes. Pero lo que escuchó al pie del cerro fue un quejido estremecedor que salía del vientre de la pampa: “Chitoque había sido encantado”. Estaba bajo tierra por castigo, así lo demuestran las algarabías y lamentaciones subterráneas.

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